jueves, junio 30, 2005

VISITA A LA JUNGLA BLANCA


El dolor de estómago era cada vez más insoportable. Se había tomado una pastilla pero no pasaba. Los retortijones casi la hacían llorar, pero no podía desistir. Debía evitar a toda costa, visitar ese lúgubre lugar al que todos le temían, y ella no era la excepción. Debía evitar ir al hospital.

Se había levantado aquella mañana con todos los ánimos del mundo. Ese día, como todos, debía ir al trabajo y realizar su rutina diaria, que algunas veces la aburría, y otros la mantenía activa y feliz de lo que realizaba.

No le gustaba leer mucho, pero ese era su trabajo. Leer los diarios capitalinos todas las mañanas, después de todo no era tan malo. De rato en rato, y sin que su jefa se diera cuenta, se daba tiempo incluso de leer las tiras cómicas de El Comercio o el Chistojo del día.

Lo que más le divertía era la sección de espectáculos del Trome, el único diario chicha que llegaba hasta su escritorio. Los titulares le parecían lo más desatinados pero eso los hacía graciosos. Si se enteraban sus profes de la universidad, recibiría una reprimenda.

Lo que más anhelaba era conseguir trabajo en un diario. La idea de salir a perseguir congresistas, ministros o al presidente le fascinaba. Lo había hecho antes, pero no la dejaban salir. Y por eso se aburrió y se fue.

Pero ese día, se había levantado con un terrible dolor de estómago. Era difícil pensar en lo gracioso del día o en el anhelo de ser periodista a tiempo completo, si tenía esa punzada en la panza.

Su mamá le había servido un mate de muña, excelente para bajar los dolores por indigestión, pero ni su mamá y sus hierbas milagrosas esta vez la pudieron ayudar.

Pollo al horno con unas papitas doradas fueron su gran almuerzo. Sólo para esa hora milagrosa del día en la que todas las penas se ahogan en un gran plato de comida, se le olvidó el dolor que sentía. Es que la comida chatarra y las frituras eran su pasión, y hasta ahora había tenido suerte de estar tan gorda como el barril del "Chavo del Ocho".

Aún así, terminando esa hora gloriosa, el dolor volvió, y esta vez acompañado de un asco terrible. ¿Es que estoy embarazada?, se preguntó la niña virgen, ¿del Espíritu Santo tal vez?, jaja rió en su mente, pero su dolor no la dejó mostrar sus dientes por la gracia pensada.

Y entonces, no aguantó más y lo que había evitado todo el día, se convirtió en su tabla de slavación. ¿Aló?¡Mamá! ¡ya no aguanto más! ¿Puedes venir por mí para ir a la clínica? Sí. Lo había dicho. Y le había salido del alma. Iba a ir al doctor. Al abominable hombre de blanco. A ese que tantas veces le había mandado a que le hagan análisis sin necesitarlo. A ese que tanto detestaba por todas las pastillas que le habían mandado tomar. A ese que tanto detestaba, porque un buen día de su niñez le inyectó una mezcla fatal y casi la había mandado a la otra. Sí. A ese iba a ir a ver.

Su mamá llegó lo más rápido que pudo y la llevó a la clínica San Judas Tadeo, que quedaba cerca de donde se encontraba la moribunda. Al entrar por emergencia, lo primero que vio fue un hombre inmenso de chaqueta blanca acercársele con intenciones malévolas.

Le tomaron los datos, la sentaron en la camilla, y súbitamente el dolor desapareció. Se esfumó, ya no estaba, se fue a otra barriga a fastidiar. Se sintió sana, pero aún así, para que su mamá no quedara mal, fingió seguir con el bendito dolor (porque no se debe maldecir).

El médico de guardia le dijo que no era nada de cuidado, que debía ir al otro matasanos, al gastroenterólogo, para que la examinara mejor. ¿Otro más? ¿Qué no podía hacerlo él no más, que tenía que enviar sus huesitos para que los devore otro caníbal?

Antes que pudiera decir algo, ya estaba con la secretaria haciendo la transferencia a un consultorio. Era extraña la amabilidad de esa señorita. Por lo general nadie lo era, sobre todo cuando se trataba de las ayudantes de los matasanos, personas sin piedad y sin escrúpulos que te dan piedritas de remedio y creen que eso te cura.

La espera fue otro martirio. Detestaba esa espera más que nada en el mundo. Había esperado feliz el estreno de una película, pero no quería esperar por algo que no le gustaba. Pero tuvo que hacerlo, estaba allí con ella su mamá.

Su turno llegó y entró por fin a la cueva del oso. Ese espacio con escritorio y camilla y cientos de papeles y pastillas. Ese lugar que se le hacía tan familiar, pues lo había visitado muy seguido desde que tenía uso de razón. Valor, se dijo para sí, y avanzó con resolución.

Felizmente no le dijo "desnúdate", porque le hubiera pegado una trompada. Simplemente le pasó el estetoscopio por el estómago y le preguntó cuáles eran sus hábitos alimenticios. Fue como si le preguntaran si era virgen. Su comida era sagrada, pero tuvo que confesar su adicción por las papas fritas y el pollo broaster, y toda esa comida que no es saludable.

La respuesta del doctor ante eso fue contundente. "Lo que tienes es principio de gastritis y si no te cuidas y dejas de comer comida chatarra, te vas a poner peor". Fue una estocada en medio del corazón. ¿Dejar de comer su salchipapa de todos los días y su KFC de los sábados? Ese doctor definitivamente estaba loco.

Pero no se trataba de ninguna broma. Una lista con la dieta estricta que debía seguir y 4 docenas de pastillas completaron la visita a aquella jungla blanca. Salió cabizbaja, meditabunda y triste. Entendía la razón por la que no le gustaba ir al doctor.

Llegando a casa una magra sopa completó el día del dolor de estómago. Se juró que no volvería a pisar una clínica y mucho menos, si es que se trataba de comida. Es que ella prefería comer y morir comiendo, a sufrir de hambre un día de estos. "Gordita, pero feliz".

EL TIEMPO PASADO SIEMPRE FUE MEJOR


"A quien madruga, Dios lo ayuda", es la exclamación de una pintoresca señora que, cartera roja y saco negro de cuero en mano, sale de su casa con destino a cobrar su jubilación al Banco de la Nación, como todos los 20 de cada mes.

Bertha Acosta es una profesora jubilada de 70 años. A pesar de la edad que tiene, no aparenta todas las primaveras que carga encima, pues según ella es como el comercial de Polystel: "Se mantiene joven aunque pasen los años". Su sonrisa jovial y su porte siempre distinguido, han hecho que esta mujer sea muy respetada, no sólo en su casa, por su hija y nietas; sino también por la mayoría de los vecinos de la urbanización San Felipe en Comas.

Vive en casa de su yerno, con el que no se lleva muy bien. Lastimosamente, tuvo una sola hija, y fue precisamente Manuel, esposo de Liz, su vástaga, quien la invitó un buen día a quedarse con ellos, pues la casa era bastante grande para albergarla también a ella. Sin embargo, con el transcurrir de los años, la casa se convirtió en una "guerra fría" entre ambos, ya que no se dirigían mucho la palabra, y cuando lo hacían, las indirectas no dejaban de hacerse notar.

Su departamento, convertido en fortín desde donde por lo general ataca a su víctima-yerno, alberga todo tipo de cosas; desde una radiola de la época de la pera que aún funciona, pasando por una refrigeradora nueva que sirve de aparador, hasta su última adquisición: 6 sillas del juego de comedor de su vecina, que no necesitaba, pero que le parecieron bonitas y, sobre todo, de muy buena madera.

Ella quedó viuda muy joven. Su hija sólo contaba con 8 años cuando Don Ernesto falleció de una taquicardia mientras era operado en una clínica limeña. La pena fue grande, pero no por eso se dejó amilanar. No perdió la sonrisa ni ese porte garbo que siempre la caracterizaron. Estudió, parrandeó, tuvo mil y un novios, y crió a su hija lo mejor que pudo. Era una súper mamá.

Pero con el tiempo, el carácter le fue cambiando. De fuerte pero amiguera, a fuerte pero Hitler. Las personas que la conocen bien, no dudan en decirlo, "es una dictadora" y también una mujer de armas tomar.

Pero lo más curioso de ella, es su afán por llegar temprano a todo lugar. Su puntualidad, en ocasiones extremadamente exagerada, han hecho que su casa se convierta en un cuartel. El toque de diana es a las 5.30 am con un "levántense ociosos", gritado desde el segundo piso de la casa, y que despierta a todos los vecinos a unos 20 metros a la redonda. A pesar de ello, no hubo quejas hasta hoy, por lo que algunos se lo deben, incluso, hasta agradecer.

Por eso es que no es de extrañar que cada 20 de todos los meses, se levante aún más temprano de lo acostumbrado para ir a "cobrar". Se supone que su pensión se la depositan los 15, pero ella prefiere los 20, para asegurarse que ya el dinero esté en su cuenta.

Todos los 20 son sus días de "franco". Bertha sale de su casa con sus mejores atuendos. Muy pocas veces se le ve tan arreglada como en esos días. Y ni crean que va a cualquier Banco de la Nación. No, no, no. Ella vive en Comas y se va hasta la central de Orrantia, en San Isidro, a cobrar sus 700 soles de jubilación.

Se vistió de luces: Saco de cuero, chompa roja, pantalón de vestir plomo, botines negros taco nueve y una cartera roja completaba su atuendo. Tal vez vistiéndose así, recordaba sus buenas épocas en el Cusco, en donde entre su larga lista de pretendientes no faltaban generales de la policía ni dueños de empresas aeronáuticas.

Ahora vivía donde vivía y ganaba 700 soles que le alcanzaban solamente para apoyar los gastos de la casa de su hija, en la que dormía, limpiaba, acomodaba, sacudía, planchaba, lavaba, cocinaba, servía el almuerzo, el desayuno, el lonchecito, y se peleaba con medio mundo. Pero con todo y eso, nadie la podía mover de allí.

Salió de la casa a las 9 de la mañana. Haciendo sonar sus tacos mientras caminaba, con un porte único, como toda una señora de alta sociedad. En su rostro no se reflejaba angustia, ni dolor, y menos rencor, por todo lo que le tocó vivir como viuda,como madre, como suegra, como abuela. Ella caminaba mirando al frente, sin nada que le estorbe a su paso. Tal vez detrás de esa mirada apacible, y sus facciones impenetrables, se escondía esa dulce abuelita que todos sueñan tener, esa que regala dulces y propinas. Pero ella es así, claro que muy a su manera.

Cuando llega a su destino, después de una hora y media de viaje en bus, entra en el local con grandes rejas de la avenida javier prado. Siempre le molesta tener que hacer cola. Pero la hay, y bastante larga, que bordea el edificio del Banco de la Nación.

No lo piensa dos veces y avanza hacia ella, mirando altiva a todos los demás que esperan su turno de atención. Ella va sola, mientras que los demás siempre van acompañados. Recuerda con nostalgia los días en los que su pequeña nieta iba con ella. Las dos habían sido inseparables hasta que ella entró a la universidad, y la múltiples ocupaciones la habían dejado sin su compañera favorita de las aventuras de cobrar en ese banco. La extrañaba, aún así, nunca se lo había dicho.

La cola avanzaba lentamente. Poco a poco se acercaba hasta la ventanilla en la que, multired en mano, por fin vería su dinero, que le había costado 30 años de servicio al estado.

Llegó a la ventanilla, recibió su dinero, lo verificó y se retiró hacia un murito escondido en el que volvió a contar su dinero y asolapadamente lo metió en su truza doble fondo que siempre llevaba esos días. "Para prevenirse de los ladrones", piensa mientras sale contenta con su dinero hacia la puerta.

Luego de todo ese trámite que siempre le demora unos 45 minutos, toma un carrito viejo y se va a pasear al Centro Comercial San Isidro. Su hija siempre le había dicho que en la casa no están para pituquerías, y sus nietas menores, rara vez habían ido con ella en ese paseo. Sólo su nieta mayor, pero ella ya no estaba allí para acompañarla.

Va a Ripley, Saga, Metro y todas las tiendas que pueda visitar. Se mide ropa en oferta, paga sus tarjetas, y sale hacia su casa, de vuelta a su realidad de vivir en el distrito más populoso de Lima.

lunes, junio 06, 2005

Entre sustos y alivios: Un Miércoles para recordar


Miércoles, 7.30 am. Un nuevo día en la aburrida rutina de miles de limeños que se movilizan a tempranas horas hacia sus centros de labores. Un día más, mezclados entre el pavimento, los semáforos, la infernal congestión vehicular y los choferes que hacen de Lima, una ciudad sin igual.

Los paraderos están abarrotados de gente que pugna por subirse a un vehículo de transporte público. Todos pasan llenos. Todos quieren llegar a su destino. Pero, el camino les puede deparar muchas sorpresas, tanto para choferes, como para usuarios.

"Si tuviera más dinero, me iría en taxi", exclama una señora de cuerpo rechonchito que viste una mini falda muy apretada, mientras intenta subir a un ómnibus de la línea "El Rápido" que tiene varios pasajeros viajando en el estribo. "Pero como está la situación", continúa, "tengo que correr el riesgo de caerme o que me roben la cartera".

Al grito del cobrador "pisa, pisa", el ómnibus avanza. A pesar de su tamaño y la cantidad de pasajeros que lleva, lo hace a una velocidad rápida, adelantando a otras unidades de transporte más pequeñas. El cobrador, con su camisita celeste y su casaca azul y rojo, sube el volumen del radio, para no oír las quejas de los pasajeros que no quieren que sigan subiendo más personas al vehículo. "Está lleno", exclaman, "a dónde ya los vas a subir".

"Apéguense, por favor, al centro hay sitio... por favor señorita colabore, apéguese por favor". El cobrador, utilizando pésimamente el castellano, pide a los pasajeros que avancen ante los reclamos de estos por lo apretados que viajan. "Pero qué se puede hacer", dice un señor que va sentado leyendo el diario El Bocón, sin importarle los empujones que recibe por parte de una señorita de espigada figura que va a su lado de pie. "Quien quiere viajar, tiene que viajar como pueda".

El recorrido es largo. Desde Carabayllo hasta Villa María del Triunfo. El chofer está listo para él. Viene realizando la ruta desde hace algunos años, además su brevete A3 lo confirma. Es un experto en su trabajo. Tan experto que esquiva ticos, combis, mototaxis y todo vehículo que se le atraviese en el camino. Misma pericia que lo llevaría a librar de una muerte segura a más de una veintena de pasajeros y a algunos transeúntes.

Después de haber "llenado" el ómnibus con más de un centenar de personas, el cobrador pide al chofer ir "de frente". El chofer pone en el máximo el volumen del radio, que está en la emisora Inca Sat. Ya ha recorrido casi la mitad de la Av. Universitaria, y acaba de salir del distrito de Comas. Entra a Los Olivos y cruza a toda velocidad la Panamericana Norte.

Un señor de bigotes y saco y corbata pide a una señora que viaja sentada abrir la ventana. "Me voy a despeinar", dice la señora frunciendo el ceño. A lo que varios pasajeros responden con cierto sarcasmo "entonces córtese el pelo, que nosotros queremos respirar". La señora finalmente, abre la ventana, y era mejor, pues los vidrios comenzaban a empañarse.

El ómnibus cruza el último semáforo antes del incidente cuando éste se encontraba en ámbar. La velocidad a la que iba era impresionante para un vehículo de su peso y tamaño. Muchas personas al verlo pasar aún levantaban el brazo, intentando parar a "El Rápido", pero nada lo detenía, literalmente hablando.

Un grito y un chirrido en las llantas alertó a todos los pasajeros. Un niño comenzó a llorar y de allí todo sucedió tan rápido que resultó confuso para muchos. Sin embargo, para algunos, este pasó en cámara lenta y delante de sus ojos la historia de su vida se contó en sólo 5 segundos.

La velocidad era excesiva para ese vehículo, pero tanto así, que en el cruce de las avenidas Universitaria y Naranjal, el chofer no pudo frenar. Pisó con todas sus fuerzas, pero no resultó. Entonces dijo al cobrador "grita a la gente que se quite del camino". El cobrador, entre susto y valentía, sacó la cabeza por la ventana y comenzó a gritar "¡retírense!".

Dentro de "El Rápido", los pasajeros gritaban y se empujaban al balanceo del vehículo, cuyo chofer intentaba desesperadamente detener. Entonces, la solución se presentó frente a los ojos del experto al volante. Antes de llegar al cruce, había una pequeña entrada hacia un grifo, con esa maniobra seguro que el carro se detenía, pensó. Y realmente, fue así. Hizo un giro brusco hacia la derecha. Entró a la vía auxiliar. El ómnibus se detuvo.

Dentro del vehículo, se sentía un aire de confusión y a la vez alivio. Las imágenes de la vida de cada uno de los pasajeros dejó de ser en blanco y negro, y volvió a la colorida realidad limeña. Uno a uno fueron bajando de "El Rápido" muy callados. Algunos agradecían porque no había pasado de ser un susto y algunos otros refunfuñaban por la imprudente velocidad. Pero todos pensaban en una sola cosa ahora: debían llegar a sus centros de labores, pues se les hacía tarde.

El chofer, con sudor en la frente, respiraba más tranquilo. Había salvado la vida de muchas personas. Se sacó la casaca azul y roja y se bajó del vehículo para ver que había pasado para que no funcionaran los frenos. Una delgada línea de un líquido era la silenciosa senda del que iba a ser un accidente con temibles repercusiones: el líquido de frenos se había vaciado desde el último semáforo que había cruzado temerariamente.

La calle nuevamente regresó a su rutina. Los pasajeros del ómnibus se fueron poco a poco. En las combis y demás vehículos se escuchaban a todo volumen pintorescas canciones. El datero de la esquina seguía gritando a los cobradores para que estos le dieran unos centavitos. Y allí, solitario, en frente del grifo de la intersección de las avenidas Universitaria y Naranjal, seguía "El Rápido", que tal vez, si la fortuna no hubiera estado de parte de su chofer, hubiera aparecido en las primeras planas de los diarios como otra víctima de la imprudente Lima.

¡CUIDADO! ESTUDIAR PUEDE SER DAÑINO PARA LA SALUD


El día que Koki salió corriendo calato por todo el barrio no fue precisamente Año Nuevo y no llevaba maleta alguna, simplemente lo hizo y todo el mundo se alertó. Su madre, pobre anciana, salió corriendo tras él con una manta para cubrir a su dulce hijito y algunas vecinas se atrevieron a llamarlo impúdico sin saber la verdadera razón de aquel "loco" suceso.

Todos siempre lo veían pasar bien uniformado y con la camisa limpiecita y almidonada. A todo el que veía lo saludaba con un buenos días o tardes o noches muy efusivo. Era el más educadito del barrio, aparte de católico y perteneciente al coro de la Parroquia de San Felipe y de chancón. Sí, era un chancón, de esos que no hacen otra cosa que estudiar. Nunca salía de su casa sino era para ir al colegio o hacer un trabajo y su mamá contaba a la señora Betty (siempre había sido en su bodega, donde todos se enteraban de los últimos chismecitos) que le había hecho la ley del hielo a la tele y que sus canicas y trompos los había cambiado por Shakespeare y libros de matemática.

No era un chico normal, y después del incidente fue que se dieron cuenta los vecinos, su obsesión por el estudio lo hacía diferente. Había dejado de lado su bici nueva que sus papás le regalaron después del último diploma de primer lugar en el colegio "Jean Piaget", por estudiar las leyes de Newton y Mendel. Y por estudiar no jugaba, y por estudiar se perdía su infancia, por estudiar hasta perdió la razón.

Sus padres nunca sospecharon nada, pero su hermano mayor sí. Se había dado cuenta que dormía poco y que tomaba mucho café y que en los últimos días antes de aquella noche no se peinaba ni tenía su camisita blanca y almidonada, sólo trataba de llenar su cabeza de cuanto conocimiento nuevo descubría en los libros, aunque por lo general encontraba lo mismo que ya sabía o había leído la semana pasada, y su tarea, realizaba hasta lo que ya no era su tarea; sus largos resúmenes de Historia o Geografía los aprendía de memoria, todos los teoremas de Matemática los entendía muy bien, todas las leyes habidas y por haber de Biología y Química, y por supuesto, todas sus canciones y oraciones del coro de la parroquia. Hasta que su pobre cerebro estalló, no resistió más. Necesitaba un buen descanso, que él nunca se lo había dado.

El ruido comenzó. Las paredes sonaban como si alguien las golpeara con ladrillos o sillas. Gritos desesperados y de pronto, portazos. Todas las luces del barrio se prendieron. La primera en salir fue la señora Betty, no podía perderse un nuevo chisme. La reja de la casa blanca se abrió. Un menudo jovencito de 16 años estaba corriendo desnudo seguido por su madre, su padre, su hermano mayor y sus hermanitas llorando en la puerta. Tenía los ojos desorbitados y gritaba como loco. Una de las vecinas estuvo a punto de llamar a la Policía por escándalo público. ¡Qué bruta!, le gritaron los vecinos, que impidieron que cometa una tontería (se habían olvidado que nadie en el pasaje tenía teléfono y que la vieja estaba en bata y con una masa verde que llamaba mascarilla en la cara). Pero el centro de atención era Koki que seguía corriendo completamente fuera de este mundo.

Tuvieron que pasar varios días para que la señora Betty se enterara de algo nuevo sobre Koki. No lo encerraron en el manicomio, pero sí le recetaron no estudiar. Cualquiera se sentiría feliz si le recetaran algo así, pero Koki no. Estaba trastornado, loco, fuera de sí. Parecía que sus neuronas se habían ido de vacaciones, se iban a tomar un buen descanso. La dieta del doctor fue muy estricta: mucha tele, paseos en bici, un partidito de fútbol cada fin de semana y otras tantas cosas más para que no piense sólo en libros. Hasta le recetaron tener una chica que lo distraiga, que ahora es nada más y nada menos que su esposa y que la tuvo que conocer por obligación del doctor.

El chico se curó, sí se curó, pero ya no fue nada como antes. Seguía siendo el chico de la parroquia, pero ya no el educadito del barrio. Estudió una carrera y se casó y se fue, y pocos se acordaron de Koki, el loco que salió corriendo calato una noche de octubre de hace un montón de años ni de la vieja marciana que quería llamar a la Policía por telepatía.